La palabra exfoliar evoca esos botes de gránulos rugosos que prometían dejar la piel como nueva. Pero el concepto ha cambiado: hoy distinguimos entre la exfoliación física, con partículas, y la química, con ácidos que disuelven las células muertas sin frotar.
La física: rápida pero traicionera
Los exfoliantes con micropartículas, semillas o azúcar arrastran la capa superficial al masajear. Dan una sensación inmediata de suavidad, pero si los granos son irregulares o se aplican con fuerza pueden causar microheridas. En pieles sensibles o con acné conviene usarlos con mucha mano izquierda, o evitarlos.
La química: más precisa
Aquí mandan los ácidos. Los AHA, como el glicólico y el láctico, trabajan en la superficie y son ideales para luminosidad y manchas. Los BHA, con el salicílico a la cabeza, penetran en el poro graso y resultan perfectos para piel mixta, grasa y con tendencia a granitos.
Cada cuánto exfoliar
- Frecuencia: una o dos veces por semana es suficiente.
- Señal de alarma: tirantez, escozor o rojeces indican exceso.
- Después: hidrata bien y no olvides el SPF al día siguiente.
El error más extendido es exfoliar demasiado, convencidos de que así la piel estará más limpia. El efecto es el contrario: se debilita la barrera, aparecen rojeces y la piel produce más grasa para defenderse. Menos es más; la piel pide constancia suave, no agresividad. Con la frecuencia justa, ganas en textura, tono y capacidad de absorber el resto de productos.